viernes, 19 de noviembre de 2010

Lady Chatterley (Pascale Ferran, 2006)



D. H. Lawrence escribió tres versiones de El amante de Lady Chatterley. La más conocida, la que lleva dicho título, es la tercera, y la que su autor consideró como definitiva. El método de trabajo del escritor era cuanto menos, curioso. Entre una versión y otra dejaba reposar el manuscrito varios meses. Cuando volvía a hacer la siguiente, no partía de la anterior para hacer modificaciones, sino que escribía íntegramente una 2ª versión y luego una 3ª con una trama, unas situaciones y unos personajes comunes, pero nada era exactamente igual, hay bastantes diferencias entre ellas en el número de páginas. Finalmente estamos ante tres obras autónomas y coherentes de la primera a la última página.


.Pascale Ferran adapta en Lady Chatterley la segunda de las novelas de Lawrence, la que editó Gallimard con el título de Lady Chatterley y el hombre de los bosques. Esta versión es la más reducida de las tres y la más simple y frontal en cuanto al tema, centrándose en la relación entre Constance y Parkin.
En su traslación a la pantalla, la directora francesa descarta jugar a la baza del melodrama - el amor contra la sociedad- y en la sobriedad y sutileza de sus imágenes apenas hay lugar para la oposición, y menos aún para el drama. En cuanto a la otra característica con la que siempre se asocia la novela de D. H. Lawrence, el erotismo, la película de Ferran se mueve a contracorriente: ni lo representa al modo típico y tópico con música supuestamente romántica, fundidos y ralentís, ni tampoco se acerca al modelo más reciente, el de mostrar el deseo como una pulsión animal más allá de las convenciones. En los seis encuentros entre Connie, Lady Chatterley, y el guardabosques Parkin hay ternura, hay conocimiento propio y conocimiento progresivo del otro, hay descubrimiento y aprendizaje, y sobrevolando sobre todo ello está una cierta incomodidad provocada por las diferencias de clase. Pero la directora francesa no pretende disertar sobre sexo y relaciones de clase. Más bien se trata de contarnos un proceso de pérdida de la inocencia y de aprendizaje conducido por la curiosidad y el asombro, que acaba transformándose en intimidad y química sexual y amorosa. El deseo se convierte en la puerta que conduce a Constance a descubrirse a sí misma y a descubrir la vida, como esa verja que separa el jardín de la mansión de la zona del bosque y que, cuando Lady Chatterley la cruza se siente parte de esa salvaje naturaleza, y se siente viva.



Pascale Ferran otorga a la naturaleza un papel omnipresente en el relato y su puesta en escena. Está allí, cambiante como los amantes, es un elemento que le sirve para mostrar el paso del tiempo. La belleza de las flores, los árboles, el cielo, el agua que corre, la voluptuosidad de la naturaleza está filmada con delectación y asombro ante los ojos de Connie, que se corresponden con los del espectador. La bella escena del descubrimiento del cuerpo semidesnudo del guardabosques lavándose junto a la cabaña frente a la azorada mirada de Lady Chatterley, es la de un hombre que forma parte de su medio natural, que está inmerso en él como parte de una soledad construida a conciencia. Todo sucede entre esos dos mundos que habita Constance, la mansión y la cabaña. Entre esos dos espacios, el bosque, lugar de tránsito, de la razón a la emoción, camino de liberación y de transformación. Y en ese espacio en el que la naturaleza reina en todo su esplendor, sus sonidos son parte fundamental. Queda para el recuerdo la escena de la tormenta, con los dos cuerpos desnudos persiguiéndose, y la cámara a ellos de manera vertiginosa, en una secuencia en la que Pascale Ferran parece estar rindiendo tributo a los impresionistas franceses.
Es Lady Chatterley un relato de iniciación y descubrimiento, de cómo el deseo viaja hasta el amor, contado con los elementos justos -tal vez chirría una voz en off que aparece de vez en cuando sin venir a cuento- y con un ritmo minucioso en el que los silencios tienen tanta importancia como las palabras.
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