sábado, 26 de marzo de 2011

La bella mentirosa (Jacques Rivette, 1991)

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Adaptación muy libre de la novela La obra maestra desconocida, Jacques Rivette filma en La bella mentirosa el trabajo de un pintor empeñado en capturar la verdad y esencia de sus modelos, y al mismo tiempo, las consecuencias emocionales que dicho proceso creativo provoca en todos aquellos que están relacionados con su gestación. La pintura, y más en general el arte, como medio de conocimiento para llegar a una verdad absoluta, que puede ser destructiva para el sujeto objeto de la misma y que puede tener efectos devastadores en los demás. ¿El arte o la vida?

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La trama se concentra durante 4 días de verano en una vieja casa-castillo del sureste francés. Allí viven Liz (Jane Birkin) y el pintor Frenhofer (Michel Piccoli). Éste ha preferido la vida al arte para salvar su matrimonio con la que fue su antigua modelo. Un día aparecen en la casa una joven pareja, Nicolas (David Bursztein) un prometedor pintor y su novia Marianne (Emmanuelle Béart). De esa visita acaba surgiendo la propuesta de Nicolas, ferviente admirador suyo, al anfitrión, de continuar con Marianne como modelo, un cuadro llamado La bella mentirosa, que abandonó hace años siendo Liz su musa, intentando protegerla y protegerse de esa cruenta verdad que iba a quedar expuesta al terminar la obra. Hay algo de fáustico y también de misógino en este acuerdo. Entregar a la amante al admirado pintor a cambio de poder ver en primer lugar esa presunta obra maestra. Todo esto viene a ser como un prólogo que antecede a lo que vendrá después, el proceso creativo visto como un silencioso combate frente al lienzo entre la actitud depredadora y vampírica del artista y el movimiento huidizo del cuerpo desnudo de la modelo, a la defensiva al principio, resistiéndose a ser poco más que un objeto a exprimir. Mientras la obra va tomando forma, la película discurre con la fluidez de un calmoso río a cuyas aguas van llegando otras subtramas: los celos, el lado posesivo y destructor del arte, la frustración del creador ante la obra que se le resiste, la modelo convertida en "una cosa fría y seca", la relación pintor-modelo. Y siempre de fondo, el gran motivo del film, el dilema que se le presenta al artista entre la imperfección de la vida o la perfección de la obra. Todo esto que podría sonar abstracto y derivar en una película discursiva, lo filma Rivette con la elegancia y transparencia de un maestro. Asistimos a un luminoso documento sobre el oficio y el arte de pintar. Conforme avanza, La bella mentirosa va convirtiéndose en una película eminentemente física. La fotografía y el sonido transmiten la luz solar del Sur de Francia, el calor del estío, la frialdad de las estancias, el chirrido de la pluma sobre el cuaderno de apuntes, la mezcla de colores, la presión de los pinceles sobre el lienzo, el roce del carboncillo sobre el papel, el cuerpo desnudo de la modelo manipulada por el pintor como un objeto inerte. Como espectadores, sentimos de manera intensa y vívida el proceso de creación de una pintura. Rivette mueve la cámara con púdica levedad al filmar los encuentros dos a dos entre los personajes, sin reducir a éstos a meros arquetipos. Al final, Frenhofer termina su bella mentirosa, pero Rivette, coherente con el misterio que ha creado en torno a la obra, no nos la muestra. Sólo Liz y Marianne tendrán acceso a ella. Entre la vida y el arte, el artista elige la vida y entrega al marchante un sucedáneo de la bella mentirosa. A éste solo le interesa el precio del cuadro y el negocio que le supone. En el epílogo en el jardín, con todos los personajes, Rivette filma otra vez encuentros dos a dos con sutiles movimientos de cámara que nos dan a entender que esas relaciones se han transformado y nunca volverán a ser lo que fueron.

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La bella mentirosa se ofrece en dos versiones, una integral de casi 4 horas de duración y otra reducida a las dos horas del cine habitual., pero ambas van dirigidas a aquel espectador/a para el que el cine es algo más que un espectáculo, una forma de conocimiento. Abstenerse aquellos que buscan en la pantalla la rápida diversión y digestión del fast food cinematográfico.

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4 comentarios:

Ricardo Pérez dijo...

Interesante blog el tuyo.
Saludos cordiales.

David dijo...

Da gusto leerte Eloy, ya que nos pones al corriente de estas, para mi desconcidas, cintas de cine francés contemporaneo, que sin tus análisis coren el riesgo de pasar desapercibidas.
Un saludo, esta también "pinta" muy bien.

David dijo...

Bueno... no sé si es que no tenía día, o que era muy tarde (empecé a verla en aquel programa de cineclub hace muchos años), o que no conecté...pero aquello no lo salvaba ni Emmanuelle Béart, y opté por irme a la cama. No me quedé con ganas de retomarla (y sigo igual, a pesar de tu entrada).
Un saludo.

Anónimo dijo...

La muerte hoy del director me hará recuperaría,y por supuesto la maravillosa en aquella época Enmanuelle Beart..