miércoles, 23 de septiembre de 2009

Prejuicios lingüísticos y cinematográficos.



Leido en el muy recomendable blog de Xavier Vidal Cinoscar & Rarities



El doblaje fue una artimaña de los regímenes dictatoriales. Franco y Mussolini obligaron a doblar todas las películas y, de paso, caer en la falsa creencia de defender el idioma propio. Si Italia y España viven tan atadas al doblaje es, en parte, por culpa de personas que ya no existen y que han perpetuado la injusticia. El doblaje es una dictadura. El actor es el primero en sufrir las consecuencias y ve alterada su participación en series o películas. Un cambio del tono de voz, una simple referencia que se adapta o elimina, puede tirar al traste el trabajo de muchos meses. Luego está el doblador, figura mandada e invisible que colabora en este régimen detestable. Y, para terminar, tenemos al espectador, la persona sin voz que acata la rutina. Y cuando la acata, la está aceptando. La víctima está tan acostumbrada a la opresión que tiene miedo de una libertad desconocida. La gente se deja llevar por prejuicios, cree que leerá y que no se entretendrá. Curioso, porque el sistema nació también de prejuicios; diferentes, pero igual de peligrosos. La historia se repite.

El nivel de doblaje en un país es proporcional a su nivel de riqueza lingüística. Los niños daneses ven sus dibujos animados con subtítulos y, ya en el instituto, demuestran una soltura absoluta con el inglés. Los países del norte son un ejemplo a seguir y la franja del mediterráneo queda relegada a la ignorancia más rancia y molesta. Proyectar una película en versión original subtitulada es un atrevimiento. Igual de heroico es poder ver en España un film subtitulado fuera de las grandes ciudades. Los subtítulos son generadores de cultura, sinónimo de respeto y arma vital para conocer nuevos acentos, lenguas, zonas y pensamientos. Deberían ser una rutina y son una excepción.






Los prejuicios lingüísticos entran en el cine de forma subliminal. No hay ninguna lengua mejor que otra, ni nunguna variante dialectal más prestigiosa respecto a sus vecinas. En el cine, pese a todo, es imposible escuchar acentos gallegos, andaluces o catalanes: el castellano normativo gana y las características de cada región se eliminan. Como decía mi maestro de catalán, sería curioso escuchar al capitán del Titanic decir el famoso "primero laj mujere", en imitación de las formas del sur (se consideraría que el personaje es gracioso y que actúa como bufón del relato). Igual de incoherente sería la forma catalana "primer les dones". Y, como las dos anteriores, el capitán no debería decir "primero las mujeres" en castellano. Al actor se le ha desterrado de su lengua y, si su personaje es inglés y habla en inglés, este hecho debe respetarse. Salvador Puig Antich no tendría sentido si no estuviera hablada en catalán, de la misma forma que El hundimiento solo puede entenderse en alemán. Otros inventos son, por concepto, innobles. Y cuidado: abarca obras maestras como La lista del Schindler (el inglés gana al alemán) o bodrios como Valkiria (por citar un título de características similares). Norteamérica carece de historia y vanaliza la de los demás. Una falta de respeto, como su uso del inglés y nuestro posterior doblaje. Un complicado mecanismo, una despreciable cadena.

Eliminen sus prejuicios. No solo importa qué cine vemos, sino la forma en la que lo hacemos. También importa la forma de rodar cine: Slumdog Millionaire no debería estar hablada en inglés. A la vez, piensen que, de haber estado hablada en otro idioma o mantener todo su metraje en indio, no hubiera ganado el Oscar. ¿Eso no es una dictadura? Las letras son complejas y para nada inocentes. Como la gente habla, se cree que puede hablar de la propia habla. Se equivocan. Nos equivocamos. Prejuicios lingüísticos y cinematográficos a tener en cuenta.