domingo, 4 de octubre de 2009

Bad Lieutenant (Abel Ferrara, 1992)




Un inmenso Harvey Keitel interpreta a un teniente de la policía encargado de investigar homicidios. Con las apuestas clandestinas de béisbol se ha endeudado con unos mafiosos. Intenta salir del embrollo pero se endeuda todavía más. Para evadirse cae en una espiral de drogas, alcohol y sexo amparándose en la impunidad que le proporciona su placa. A la vez investiga al caso de la agresión sexual a una joven monja, quien se opone a levantar cargos contra sus agresores.
Bad Lieutenant podría resumirse en una sola frase -como le gusta a los productores de Hollywood-, una historía de pecado y redención, o como un Schrader o un Scorsese -con quienes Abel Ferrara comparte obsesiones religiosas- en versión salvaje. Nueva York, retratada aquí de manera muy realista en sus rincones más sórdidos, es el escenario por el que discurren las andanzas del teniente corrupto.
Película dura, austera, negrísima, que no deja ningún agarre positivo para el espectador, Bad Lieutenant es un descorazonador descenso a los infiernos del alma humana, una espiral del vicio a la que se entrega con delectación el personaje de Harvey Keitel, buscando un sentido a su peregrinaje por la vida. Cuando investiga el caso de la monja violada con un crucifijo tiene visiones de un Cristo ensangrentado que se le aparece en la iglesia. Es entonces cuando busca comprender esa capacidad de piedad cristiana que es capaz de tener esa mujer que perdona a sus agresores.
Bad Lieutenant finaliza con una secuencia ejemplar a tono con el resto de la película, dura y áspera, afrontando la muerte sin efectismos: en plano general el coche conducido por Keitel se detiene junto a la acera. A su lado otro vehículo estaciona junto a él en doble fila dejando invisible para el espectador el coche del teniente. Se escuchan varios disparos y el otro coche se marcha rápidamente. Algunas personas se acercan para ver lo sucedido. La bulliciosa vida de la ciudad continúa.