miércoles, 20 de mayo de 2009

Decálogo de buenas prácticas para el cine español.

Del artículo titulado Una mirada sobre el cine español escrito por Víctor de la Torre en la siempre recomendable web http://www.cosasdecine.com/ extraigo aquí este Decálogo, a la manera de un Dogma cualquiera, para ayudar a reflotar el maltrecho cine español. Que sea para bien.




En demasiadas ocasiones se nos achaca a los críticos una exagerada complacencia en la destrucción sistemática –e inmisericorde— de la obra en cuestión. Como toda atribución inespecífica, es válida para retratar a algunos, y deja fuera a otros muchos. Partiendo de la base de que el crítico es aquel que adquiere una conciencia crítica sobre el tema en cuestión, y ello es algo que requiere tiempo y esfuerzo, uno sigue considerando que la opinión de nuestro colectivo merece ser tenida en cuenta, siempre y cuando esté debidamente fundamentada y, lo más importante, aporte posibles soluciones a los problemas detectados, sobre todo en cuestiones tan importantes como la que nos ocupa, de interés general para toda una sociedad. Como supongo que a aquellos lectores pacientes que hayan prestado la debida atención al epígrafe anterior no les quedará duda alguna de la gravedad de la situación, a continuación un servidor presenta algunas pautas (deseables) de actuación. A fin de cuentas, si el bueno de Lars von Trier puede, ¿Por qué voy a ser yo menos?:


Decálogo de buenas prácticas para el cine español.


1- Recuperar el placer por contar historias, más allá de mostrarnos las penurias del desempleado de turno.

2- Explotar al máximo las posibilidades del lenguaje cinematográfico para visualizarlas, más allá del plano medio o el plano-contraplano.

3- Recordar que el cine comercial no es malo por el hecho de serlo, hay mal –y buen— cine comercial.

4- Construir las bases de una industria cinematográfica lo más independiente posible, con el debido concurso de todos los agentes del sector.

5- Prestar atención a temas recurrentemente olvidados –nuestro excepcional legado histórico, sin ir más lejos— y sacarle todo el partido que merecen.

6- Dado que el cine español sigue, como antaño, necesitado de tutela política, que esta la desempeñen verdaderos profesionales del asunto, y no gente puesta a dedo o por afinidades ideológicas de diversa índole.

7- Si el modelo francés funciona y es aplicable, ¿a que narices se está esperando? ¿Acaso todo lo que venga del otro lado de los Pirineos nos sigue generando resquemor?

8- Producir cincuenta títulos al año con presupuestos holgados, profesionales solventes y exhibición garantizada, y no doscientos de los que la mitad ni siquiera serán estrenados en salas comerciales.

9- Fomentar otros soportes tecnológicos –Internet, DVD— e institucionales –festivales, salas públicas de exhibición— para dar salida a ese “cine invisible”, en afortunada expresión de los responsables del Cahiers Du Cinema España.

10- Por último, pero no menos importante, educar al público para terminar con la dañina etiqueta de “españolada”, y a la crítica, que arrastra endémicos prejuicios a este respecto que con hechos, y no con palabras, ya es hora de empezar a erradicar.


Este es, en mi opinión, el camino a seguir. Por descontado, es discutible. Y estaré encantado, vaya por delante, de polemizar a este respecto con todo aquel que esté interesado en llegar a alguna conclusión válida. Guste más o menos, nos encante o nos soliviante, el cine español es nuestro cine; nos retrata. Creo firmemente que en la medida en que se estrenen al año diez La soledad y diez El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), y otras treinta equidistantes entre ambas, se acercará mucho más a lo que unos cuantos queremos que sea. No podemos jugarnos un año de cine a la baza de que Almodóvar y Amenábar anden inspirados, y cuadren las cuentas. El presente inmediato son, en definitiva, Rosales y Bayona, pero también Cortes y Salazar, Lacuesta y Vigalondo, Collet-Serra y Cabezas, Gutiérrez y Quiroga, López Gallego y Sánchez-Cabezudo. Que me disculpen los que no cito, ellos saben que están también en el banquillo. ¡Todos a jugar!.



Víctor de la Torre