












Marion Michael Morrison era un fornido mozo de 18 años criado en California que servía para todo en los estudios Fox. Podía hacer de carpintero construyendo atrezzo, cuidar de los caballos que actuaban en los westerns o transportar decorados al set. Así, no fue nada extraño que en una de John Ford se dejara ver como extra. De ahí a ser actor de reparto del estudio con el nombre de Duke Morrison (por eso luego se le conocería con ese mote) no había más que un paso.
En 1930, a la tierna edad de 23 años, el muchachote de Iowa tiene su primer protagonista con La gran jornada (Raoul Walsh). Le seguirán montones de westerns de Serie B rodados en muy pocos días, hasta que se le vuelva a cruzar en su peculiar caminar John Ford y le dé el personaje de Ringo Kid en La diligencia (1939) punto de inicio de su viaje a los cielos del género americano por antonomasia. John Wayne será a partir de aquí El Hombre del Oeste, como el título de aquella película de Anthony Mann con Gary Cooper. De limitadas cualidades interpretativas pero de una solvencia ilimitada ante una cámara, el Duque es el héroe varonil, aventurero y machista cuyo contexto está formado por verdes praderas, cielos inmensamente azules, desérticos territorios, ríos bravos .... En ellos pasea su imponente figura y su extraña forma de andar. Como icono del western debe su figura al maestro y amigo Ford (Three Godfathers, 1948 ; Fort Apache, 1948 ). Ese héroe de una pieza -el jinete aventurero o el soldado del Séptimo de Caballería- irá evolucionando paso a paso hacia personajes más rugosos. Con el tiempo las epopeyas serán menos heroicas, los héroes se cansan de serlo. Y en eso llegamos a Centauros del desierto, indiscutible obra maestra fordiana en la que ya no hay héroes sin aristas, o mejor dicho, no hay héroes. Ethan, el vaquero de la camisa a cuadros rojos y blancos, es un desarraigado, un racista, un ser lleno de odio y sed de venganza, un apátrida condenado a vagar. Es ésta una película de cambio, de ruptura, sin la cual no se hubiera podido llegar a El hombre que mató a Liberty Valance (1962) en la que John Wayne asume una imagen hermosamente legendaria. Pero Duke podía ser también un hombre tranquilo, un yankie en Irlanda en busca de sosiego, en la arcadia del Innisfree soñado por su colega Ford.

El otro gran cineasta que extrajo de Wayne pepitas de celuloide fue el maestro Hawks. Don Howard le encomendó una de sus mejores interpretaciones en Río Rojo (1948) y aportó su sabiduría al tono crepuscular y nostálgico de los papeles del Duque en sus últimos años en la profesión. Río Bravo y El Dorado son elegías a un tiempo que está dando sus últimos coletazos y Hawks sabe filmarlo con suave sarcasmo y fina melancolía.
John Wayne no tiene matices. Es un actor que es un género en sí mismo, y ha sabido triunfar con la complicidad que ha planteado desde el principio de su carrera con el público. Ya sea cine bélico, comedias de aventuras como las deliciosas Hatari y La taberna del irlandés, o un melodrama militar como Escrito bajo el sol, los espectadores desde los años 30/40 han sabido cómo era una película de John Wayne. Ideológicamente el Duque es también un hombre sin matices representante de esa derechona patriotera que venera a gente de la calaña de los Bush, papá e hijo. Pero mejor nos quedamos con el personaje antes que con la persona, donde esté la leyenda ¿para qué perder tiempo con la realidad?
Y de qué otra manera podría terminar su filmografía sino con un film titulado El último pistolero, un evocador canto de sirena de un género, una manera de actuar y filmar que ya eran pasto de la Historia.

"Creo que es de las mejores cosas que he hecho en mi vida".
"No soy actor de escuela. Estudié mimo y otras historias y aprendí el
oficio a la antigua, encima de las tablas. Allí aprendes mucho. Día a día y
equivocándote"
Gracias a Sara Bilbatúa, directora de casting que creyó en Eduard desde el principio, debuta en el cine en 1999. La película es Zapping dirigida por Juan Manuel Chumilla, e interpreta a dos hermanos gemelos. En su segunda película, el estimulante thriller Los lobos de Washington (Mariano Barroso, 1999), destaca sobremanera en el papel de líder de la banda junto a un excelente reparto que cuenta con Javier Bardem, Ernesto Alterio, Alberto Sanjuán y Pepe Sancho. Por esta interpretación es nominado a los Goya al mejor actor revelación
Su entrada en el mundo del cine le llega ya con 35 años. La gran actuación en la película de Barroso le abre las puertas. Desde aquí hasta ahora Eduard Fernández ha conseguido con sus trabajos la consideración de actor serio, preparado y versátil, un intérprete que deja en evidencia a tanta joven estrellita salida de las series de TV que están inundando últimamente los estrenos del cine español.
Ha demostrado su capacidad interpretando distintos registros, aunque, es una opinión, le prefiero cuando encarna a tipos sin suerte (el guardaespaldas de La voz de su amo, Emilio Martínez Lázaro, 2001) o directamente perdedores (Los lobos de Washington, Smoking Room (Roger Gual y Julio D. Wallovits, 2002) y a hombres comunes (En la ciudad, Cesc Gay, 2003). No por ello dejamos de lado sus excelentes prestaciones como el odioso arribista de El método (Marcelo Piñeiro, 2005), el antihéroe lacónico de Alatriste (Agustín Díaz Yanes, 2006) o el moderno Mefisto de Fausto 5.0 (Alex Oller y Carlos Padrissa, 2001) por el que gana el Goya al mejor actor. Pero para mí, el mejor Eduard Fernández es el Alex de Ficción (Cesc Gay, 2006), un hombre que se encuentra en un impasse en su vida, en su oficio (el de cineasta). Aparentemente pasan pocas cosas. Todo pasa por la cabeza y el cuerpo del personaje y hacerlo a través de la contención emocional y la introversión es algo muy difícil, y Eduard lo borda."No me gustan los actores que no se muestran volubles, débiles. El peligro de esta profesión es estar siempre seguro de todo. Hay que mostrar la vulnerabilidad. Eso es lo que hace humano a un personaje"
Acaba de rodar Biutiful a las órdenes de Alejandro González Iñárritu en la que hace de hermano mayor de Javier Bardem y en la que según dice el propio Eduard aparece la Barcelona que no salía con Woody Allen. Entre sus últimos trabajos destaca el premio que ha obtenido en el Festival de Málaga a la mejor interpretación por Tres días con la familia dirigida por la jovencísima Mar Coll, un drama familiar que promete, y es que la sola presencia de Eduard es ya, de por sí, una garantía de calidad."A mí me gusta el cine que no habla mucho. Es difícil porque tienes que tener muy claro qué estás contando y de nuevo aparece la complicidad
con el director para saber qué cuentas sin decir una sola palabra"
"Lo que me gusta del cine es el primer plano. Liv Ullman decía hace poco que con los años le gusta dejar entrar la cámara dentro de ella,
sin hacer nada más. Eso es lo que me gusta."


Con el barroquismo que caracteriza su estilo, de largos planos y sutiles movimientos de cámara, Max Ophüls resulta ser el adaptador ideal de la obra de Schnitzler. Respetando la estructura circular original, el director franco-alemán aporta la figura de un presentador (interpretado por Anton Walbrook) que nos muestra el escenario y sitúa la acción en Viena, primavera de 1900. Además introduce al primer personaje, la prostituta Léocadie, y aparece en varias ocasiones cantando una canción de Oscar Strauss, en un tiovivo, para recalcar la estructura circular. Hace también breves papeles en algunos de los episodios. Este personaje, especie de maestro de ceremonias, nos deja ver elementos cinematográficos que están más allá del decorado, focos, claquetas ... y teatrales, para mostrar la falsedad de los decorados, e incluso aparece como censor cortando un fragmento de celuloide en la escena entre la actriz y el conde.
La prostituta Léocadie (Simone Signoret) seduce al soldado Franz (Serge Reggiani) bajo un puente. Franz conquista a la criada Marie (Simone Simon) en un banco de un parque. Marie se acuesta con su señor Alfred (Daniel Gèlin) una tarde de calor. Alfred arrastra a su piso de soltero a la casada Emma (Danielle Darrieux). Emma duerme con su marido Charles (Fernand Gravey). Charles invita a cenar en un reservado a Anna (Odette Joyeux). Anna hace el amor en su casa con el poeta Robert (Jean-Louis Barrault). Robert mantiene una relación amorosa con la actriz Charlotte (Isa Miranda) tras una representación. Charlotte recibe en su dormitorio al conde (Gerard Philippe). El conde pasa la noche con la prostituta (Simone Signoret).
En este carrusel del cortejo amoroso rodado con esquisitez por Ophüls, el director no ejerce nunca de moralista. Los amantes de La ronda entienden que su amor ha nacido demasiado tarde o demasiado pronto, que el deseo no lo es todo y que la pureza del amor está alejada de esos juegos de máscaras y engaños.
La ronda tiene un gran éxito en la puritana Europa de posguerra, por lo que sugiere y nunca muestra. Para Max Ophüls supone una de sus más bellas, barrocas y personales obras, ayudado por los imaginativos decorados de Jean d'Eaubonne, la excelente fotografía de Christian Matras y a un grupo de grandes actores.
Into my arms es una hermosa canción con la que se inicia The Boatman's Call, un disco de Nick Cave fechado en 1997, una grabación desnuda y minimalista con la que el cantante australiano incidía en la línea del excelente Murder Ballads (1996) y se apartaba de las aristas que hasta entonces habían dominado en sus discos con los Bad Seeds.
La recia voz de Nick Cave luce serena y madura en esta canción de temática mística que mezcla religión y sentimiento amoroso, una sencilla tonada que transpira emoción, con Cave al piano y el único apoyo de un Bad Seed, Martyn P. Casey al bajo. Ritmos lentos, introspectivos, para esta narcótica letanía que llega hasta el fondo del alma con un mínimo de recursos. Pura nobleza sentimental.
"Into My Arms"
I don't believe in an interventionist God
But I know, darling, that you do
But if I did I would kneel down and ask Him
Not to intervene when it came to you
Not to touch a hair on your head
To leave you as you are
And if He felt He had to direct you
Then direct you into my arms
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms
And I don't believe in the existence of angels
But looking at you I wonder if that's true
But if I did I would summon them together
And ask them to watch over you
To each burn a candle for you
To make bright and clear your path
And to walk, like Christ, in grace and love
And guide you into my arms
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms
And I believe in Love
And I know that you do too
And I believe in some kind of path
That we can walk down, me and you
So keep your candlew burning
And make her journey bright and pure
That she will keep returning
Always and evermore
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms,
O Lord
Into my arms
A MIS BRAZOS
Yo no creo en un Dios intervencionista
aunque sé, amor, que tu lo haces
Pero si lo hiciera, me arrodillaría y Le pediría
Que no interviniera en lo concerniente a ti,
Que no tocara un pelo de tu cabeza,
Que te dejara tal como eres
Y si sintiera que tiene que dirigirte,
entonces que te dirigiera a mis brazos
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos
Y yo no creo en la existencia de los ángeles
Aunque mirándote me pregunto si eso es verdad
Pero si lo hiciera los convocaría a todos
Y les pediría que velaran por ti,
Que cada uno encendiera una vela para ti
Para hacer brillante y claro tu camino
Y para caminar, como Cristo, en gracia y amor
Y te guiaran a mis brazos
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos
Pero yo creo en el amor
Y sé que tu lo haces también
Y creo en alguna clase de camino
Que podamos recorrer tu y yo
Así que mantened vuestras velas encendidas
Y haced su jornada brillante y pura
Que ella siga volviendo
Siempre y para siempre
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos, oh Señor
A mis brazos
