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jueves, 9 de junio de 2011

El amor en Innisfree.




  • Maureen O'Hara: ¡Es un sinvergüenza! ¡Quién se ha creido que es para besarme así!
  • John Wayne: Vaya, sabe hablar.
  • Maureen O'Hara: ¡Solo que hablo cuando quiero! ¡Le drá algo más que conversación si da un paso hacia mí!
  • John Wayne: Tranquila, sacude muy fuerte.
  • Maureen O'Hara: Supongo que lo superará.
  • John Wayne: Hay cosas que un hombre no supera fácilmente.
  • Maureen O'Hara: ¿Qué, por ejemplo?
  • John Wayne: La aparición de una chica que avanza a través de los campos con el sol en sus cabellos, o arrodillada en una iglesia con el rostro de santa.

jueves, 21 de abril de 2011

Pero... quién mató a Liberty Valance?

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El hombre que mató a Liberty Valance (John ford, 1962)


  • John Wayne: ¡Lavaplatos! ¿A dónde vas?
  • James Stewart: Vuelvo a casa, Tom. Vuelvo al Este que es a donde pertenezco.
  • John Wayne: Valance no logró hacerte huir, ¿qué te pasa amigo, es tu conciencia?
  • James Stewart: ¿Acaso no es una carga matar a un hombre y luego poder construir una vida sobre esa muerte?
  • John Wayne: Hablas demasiado, piensas demasiado. Además tú no mataste a Liberty Valance.
  • James Stewart: ¿Qué?
  • John Wayne: Haz memoria. Valance salió de la cantina. Tú caminaste a su encuentro cuando él disparó el primer tiro.
(Flashback)

  • James Stewart: Pero Tom... ¡por qué lo hiciste? ¿por qué?
  • John Wayne: Fue un asesinato a sangre fría, pero a mí no me remuerde la conciencia. Hallie es dichosa, quería que tú vivieras.
  • James Stewart: Pero tú me salvaste la vida, Tom
  • John Wayne: Mejor hubiera sido no hacerlo. Ahora Hallie es tu chica. Entra de nuevo ahí y acepta el nombramiento. Tú le enseñaste a leer y a escribir. Ahora dale la ocasión de que tenga sobre qué leer y escribir.

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jueves, 29 de julio de 2010

Conato de adulterio en la sabana.





Mogambo (John Ford, 1953)
  • Clark Gable: ¿alguna novedad? ¿Necesitas algo?
  • Grace Kelly: Todo está perfecto, gracias.
  • Clark Gable: Entonces, buenas noches.
  • Grace Kelly: Espera un momento, por favor ... Hace días que he notado que la señorita Kelly hace ... ciertas insinuaciones.
  • Clark Gable: No me preocuparía de eso. La dejaremos en el puesto de Kenia.
  • Grace Kelly: ¿Qué puede darle derecho a decir esas cosas?
  • Clark Gable: Nos vió la otra noche en el porche.
  • Grace Kelly: Olvídalo, es como si no hubiera ocurrido. Sólo fue ..., no fue nada.
  • Clark Gable: ¿Quieres que lo olvide?
  • Grace Kelly: Por eso cambiaste de idea acerca de esta expedición.
  • Clark Gable: Y porque no estás enamorada de él ...
  • Grace Kelly: ¡Cállate!
  • Clark Gable: ... aunque lo dijeses esta tarde en el coche. Y yo sé por qué lo dijiste.
  • Grace Kelly: Porque es cierto. Estoy enamorada de Donald.
  • Clark Gable: Una vez me preguntaste porque no me había casado. Puede que tú seas la respuesta, Linda.

miércoles, 21 de julio de 2010

Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke.

Fragmento final de la novela Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke
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John Ford, el director de cine, tenía entonces setenta y seis años, y vivía en su casa de Bel Air, no lejos de Los Angeles. Desde hacía seis años no había rodado ninguna película. La casa es de estilo colonial, y él se sienta, generalmente, en la terraza, y habla con sus viejos amigos. Para los visitantes hay sillones de mimbre colocados en fila, que tienen delante pequeños taburetes para los pies, cubiertos de mantas indias. Cuando la gente se sienta allí y habla empieza pronto a contar alguna historia.
John Ford tenía el pelo blanco y el rostro arrugado, con blancos cañones de barba aquí y allá. Llevaba un parche negro sobre un ojo, y con el otro miraba sombríamente, mientras se manoseaba las arrugas del cuello por debajo de la barbilla. Vestía una chaqueta azul marino y anchos pantalones caqui y calzaba unos zapatos de lona claros, con gruesos tacones de goma. Cuando hablaba, incluso sentado, conservaba las manos en los bolsillos de los pantalones, no hacía ninguna clase de gestos. Tan pronto como había terminado una historia giraba totalmente la cabeza hacia donde estábamos Judith y yo, hasta que podía vernos con su único ojo. Tenía la cabeza grande y el gesto adusto, y no sonreía nunca; junto a él se ponía uno serio aunque hubiera que reirse con sus historias. A veces se levantaba y le echaba a Judith vino tinto de California. Más tarde salió de la casa Mary France, su mujer, que, como él, procedia de la costa oriental, del estado septentrional de Maine; era, como él, hija de inmigrantes irlandeses, y le escuchaba lo mismo que nosotros. Desde la terraza en sombra, se miraba hacia la luz; por todas partes ascendían nubes de tormenta.
-- En el pueblo de mis padres en Irlanda, hay una pequeña tienda -dijo John Ford- donde, de niño, cuando compraba algo, recibía siempre como cambio caramelos, que tenían ya preparados en un cubo. Hace algunas semanas estuve allí otra vez, la primera desde hace más de 50 años, y quise comprar puros en la tienda ¿y qué diréis que pasó? ¡Metieron la mano en un cubo que había bajo la caja y me devolvieron caramelos! --
John Ford repitió muchas cosas sobre América que yo había oido ya en el viaje, de Claire y de otros; sus opiniones no eran nuevas pero contaba historias que las ilustraban y explicaba como habían llegado a formarse esas opiniones. A menudo cuando se se preguntaba sobre algo en general, daba un salto mental y se refería a detalles, sobre todo a personas concretas. Al preguntarle cosas sobre América recordaba siempre personas que había conocido. Nunca formulaba juicios, sólo repetía textualmente lo que habían dicho y lo que le había pasado con ellas. Tampoco nombraba más que a sus amigos.
-- Es insoportable estar enemistado con alguien -dijo John Ford-. De repente el otro pierde su nombre, y se convierte en una simple imagen, su rostro queda envuelto en sombras y se hace impreciso, deforme, y sólo lo podemos mirar fugazmente, de abajo a arriba, como si fuéramos ratones. Cuando tenemos un enemigo, nos repelemos a nosotros mismos. Y sin embargo, siempre hemos tenido enemigos ...
-- ¿Por qué habla siempre en plural? -le preguntó Judith.
-- Los americanos hablamos así, auque sea de nuestros asuntos privados -respondió John Ford-. Quizá se deba a que, para nosotros, todo lo que hacemos forma parte de una acción pública común. Sólo se cuentan historias en 1ª persona cuando uno representa a todos. No utilizamos el yo con tanta solemnidad como vosotros. En vuestro país incluso la vendedoras que venden cosas que no les pertenecen en absoluto, dicen: ¡Se me acaba de terminar! o ¡todavía me queda una camisa de cuello de cosaco!. Me ha pasado a mí mismo, de veras me ha pasado -dijo John Ford. Por otra parte, os imitáis tanto los unos a los otros y os escondéis tanto detrás de los otros que hasta las criadas responden al teléfono con la voz de la señora -dijo-. Decís siempre "yo", y sin embargo, os sentís halagados si os confunden con otro. ¡Y encima pretendéis ser totalmente inconfundibles!. Por eso estáis siempre enfurruñados, y os sentís ofendidos. Cada uno es alguien especial. Aquí en América, nadie se enfurruña y nadie se encierra en sí mismo. No suspiramos por la soledad: uno se vuelve despreciable cuando está sólo, no se ocupa más que de sí mismo y cuando además sólo habla consigo mismo tiene que dejar de hacerlo después de las primeras palabras.
-- ¿Sueña usted a menudo? -preguntó Judith.
-- Casi nunca soñamos ya -dijo John Ford-. Y si lo hacemos se nos olvida. Como hablamos de todo, no nos queda nada para soñar.
-- Háblenos de usted mismo -dijo Judith.
-- Siempre que tenía que hablar de mí mismo, me parecía que era demasiado pronto para ello -respondió John Ford-. Mis experiencias no estaban suficientemente lejanas. Por eso me gusta hablar de lo que otros han vivido antes que yo. También he preferido hacer películas que sucedían en una época anterior a la mía. Rara vez echo de menos lo que he vivido por mí mismo, pero siento gran nostalgia por las cosas que nunca he podido hacer y por los lugares en los que no he estado. (...)
Miró hacia abajo, al valle donde el último sol brillaba todavía a través de las hojas de los naranjos.
-- Cuando veo moverse así las hojas y el sol brilla a su través tengo la sensación de que se mueven de ese modo desde hace una eternidad-dijo- y cuando la experimento me olvido completamente de que existe una Historia.
-- Pero los naranjos son cultivados, no naturales ... -dijo Judith.
-- Cuando el sol brilla a través de ellos, jugando, me olvido de eso -dijo John Ford-. Y también me olvido de mí mismo y de mi presencia. Entonces quisiera que nada cambiase, que las hojas siguieran moviéndose siempre, que no se recogieran las naranjas y que todo continuase tal como es.
-- ¿Le gustaría también que los hombres continuaran viviendo tal como han vivido siempre? -preguntó Judith.
John Ford le lanzó una mirada sombría.
-- Sí -dijo-, eso quisiéramos. Hasta hace un siglo las personas que detentaban el poder se preocupaban del progreso y de su implantación. En los tiempos modernos, hasta hace poco, las ideologías salvadoras salían siempre de quienes tenían el poder: los príncipes, los magnates de la industria, los benefactores ... Sin embargo, los poderosos no son ya benefactores de la Humanidad, todo lo más, se comportan como si lo fueran en casos aislados, y únicamente los pobres, los desposeidos y los impotentes imaginan cosas nuevas. Los únicos que podrían cambiar algo no se preocupan ya, y por eso todo debe seguir siendo como antes. (...)
Una ama de llaves india salió apoyándose en un bastón y le echó una manta por las rodillas.
-- Ha aparecido en algunas de mis películas -dijo John Ford-. Quería convertirse en una verdadera actriz, pero no puede hablar, es muda. De manera que se convirtió en funámbula. Luego se cayó, y entonces volvió a mí. Sobre la maroma se sentía muy bien. Le parecía como si de repente pudiera hablar. Todavía ahora coloca los pies como si anduviese por la cuerda floja. (...)
Nos llevó a su alcoba y nos señaló el montón de los guiones de cine que le seguían mandando.
-- Aquí hay historias hermosas, sencillas y claras. Son historias que hacen falta.
Su mujer estaba en la puerta, detrás de nosotros; él se volvió y ella sonrió. El ama le trajo café en un jarro de hojalata y él bebió levantando la cabeza; de las orejas le salían mechones de pelo blanco, y tenía la otra mano en la cadera. Su mujer se acercó y nos mostró las fotos de la pared: en una se veía a John Ford dirigiendo una película en un sillón de director en forma de equis, con una máscara de apicultor en la cabeza: había algunas personas de pie o sentadas a su lado, también con máscaras encasquetadas, y a sus pies tenía un perro de orejas caidas; en la otra foto acababa de terminar otra película: tenía una rodilla en tierra y sostenía un trípode, y los actores lo rodeaban con la cabeza inclinada hacia él; uno de ellos apoyaba una mano en la cámara, como si la acariciase.
-- Ese fue el día en que se acabó de rodar The Iron Horse -dijo John Ford-. Trabajaba en la pelicula una joven actriz, que lloraba todo el tiempo. Cuando dejaba de llorar le secaban las lágrimas, pero entonces se acordaba de sus penas y comenzaba a llorar otra vez.
Miró por la ventana y seguimos la dirección de su mirada: se veía una colina cubierta de hierba y matorrales en flor, un camino serpenteba en torno a ella hasta su cima.
-- En América no hay caminos, sólo carreteras -dijo John Ford-. Yo he construido ese camino porque me gusta pasear al aire libre.
Sobre la cama había una manta de la Marina y encima de ella, en la pared, colgaba un cuadro de la Madre Bernini, la primera santa de América, sobre la que una vez quiso hacer una pelicula.
Su mujer cogió el acordeón que había en el cuarto y tocó Greensleeves . La india trajo sobre una bandeja rebanadas de pan de maiz calientes, untadas de mantequilla. Comimos y miramos por la ventana.
-- Se nos empiezan a ver ya las orejas de cerdo bajo la piel -dijo John Ford, de pronto-. ¿Me quiere acompañar un rato?
Le ofreció a Judith el brazo y subimos a la colina. El camino estaba cubierto de un polvo claro; caían ya algunas gotas de lluvia, y donde rebotaban el polvo se contraía en pequeñas bolas. John Ford hablaba. Cuando alguno de nosotros se quedaba atrás, se detenía, porque no quería hablarnos desde arriba. Habló de sus películas y repitió una y otra vez que las historias que contaba eran ciertas.
--Nada es inventado-dijo-. Todo ha ocurrido realmente.
Nos sentamos en la cima de la colina sobre la hierba, y miramos al valle, allí abajo. Encendió su puro con una larga cerilla de cocina.
-- Me gustaría estar siempre con alguien -dijo John Ford-, y me gustaría también marcharme siempre el último de una reunión, porque no quiero que ninguno de los que se quedan me critique y quiero impedir también que se critique a los que se marchan. Así he rodado también mis películas.
Sobre la colina que había enfrente, relampagueaba ya. La hierba a nuestro alrededor estaba crecida y el viento la recorría a veces con sombras claras y oscuras. Las hojas de los árboles se volvieron, y centellearon como marchitas. Durante un rato no sopló el viento. Luego susurró detrás de nosotros un arbusto mientras todos los demás permanecían inmóviles. Todo se aquietó entonces, no hubo ningún movimiento, era una calma larga y duradera, y de repente a nuestros pies, murmuró otra vez la hierba. Guiñábamos los ojos, y a nuestro alrededor había oscurecido, y los objetos estaban muy cerca de suelo. El aire se hizo denso. Delante de nosotros estalló una gruesa araña amarilla, que hacía un segundo estaba sobre la hoja de un matorral. John Ford se limpió los dedos en la hierba, y al hacerlo dió la vuelta a un anillo de sello, como si quisiera realizar algún encantamiento. En el dorso de la mano sentí un cosquilleo. Miré, y vi una mariposa que cerraba alas; al mismo tiempo Judith bajó las pestañas. Solo había que perder una respiración para verlo. En los naranjos del valle se oía ya la lluvia.
-- En las últimas semanas hemos viajado de noche por el desierto -dijo John Ford-, allí abajo, en Arizona. Caía tanto rocío que había que usar los limpiaparabrisas.
Down in Arizona , al oir esas palabras empecé a acordarme. John Ford se sentaba allí, encogido sobre sí mismo y con los ojos casi cerrados. Como esperábamos una historia, nos inclinamos hacia adelante ligeramente, y me dí cuenta de que al hacerlo repetía el ademán con que en sus películas alguien, sin moverse del sitio, inclinaba su largo cuello sobre un moribundo, para ver si aún vivía.
--Contadme ahora vuestra historia -dijo John Ford.
Y Judith contó cómo habíamos venido a América, cómo me había perseguido, cómo me había desvalijado y había querido matarme, y cómo, por fin, estábamos dispuestos a separarnos pacíficamente.
Cuando habíamos acabado de contar nuestra historia, John Ford se rió silenciosamente, con todo el rostro.
-- Ach Gott!! -dijo.
Se puso serio y se volvió hacia Judith.
-- ¿Y todo eso es verdad? -preguntó- ¿Nada de esa historia es inventado?
-- No -dijo Judith-. Todo ha ocurrido.
FIN
Escrito en el verano y el otoño de 1971
Peter Handke "Carta breve para un largo adiós"
Madrid, Alianza Editorial, 1985

lunes, 8 de marzo de 2010

El hombre tranquilo (John Ford, 1952)



Es un auténtico placer revisitar The Quiet Man, obra maestra del maestro John Ford. Es una de esas películas que, como Hatari de Howard Hawks, he visto tantísimas veces, y siempre es una gozada volver a ellas. Tiene algo hermoso, está hecha de puro lenguaje cinematográfico. La narración es limpia, sin artificios, utilizando siempre los recursos narrativos más eficaces. A pesar de su aparente facilidad se trata de una película meticulosamente construida. La riqueza de los gags, la sabiduría en la descripción de gentes y ambientes, la sensualidad con la que se recrean unos paisajes de seductora belleza, el magistral uso de la música y ls canciones irlandesas, otorgan e El hombre tranquilo el honorífico título de Gran Poema Cinematográfico de la Historia del Séptimo Arte.


John Ford nos cuenta la historia de amor entre Sean Thornton y Mary Kate Danaher, pero tan protagonista como ambos es la utópica Irlanda fordiana y sus pasiones: la bebida, la religión , el juego, la música ... y las peleas. A Ford no le interesa para nada retratar una realidad. Es su Irlanda soñada, concebida como un paraíso perdido, un sueño imposible, un cálido refugio para los tiempos duros. En esta arcadia todavía se puede recobrar la inocencia, no existen las dobleces, y florece la camaradería entre hombres, tema recurrente en el cine de John Ford.


El hombre tranquilo es una comedia romántica, una de las Grandes Historias de Amor del Cine. Es también la historia del reencuentro de Sean Thornton con sus orígenes, con lo que él es y lo que desea ser. El personaje de John Wayne, que un día decide abandonar su vida en Estados Unidos (del trabajo en los altos hornos al boxeo) y retornar al lugar que le vió nacer en busca de la más genuina de las aventuras, la búsqueda de las propias raíces, puede verse como una versión fordiana del Ulises de la mitologia griega, y el propio director nos da una pista sobre ello. Su carácter homérico no sólo está en la referencia humorística que hace Michaeleen Flynn (Barry Fitzgerald) cuando exclama: "homérico" en una divertida escena de la película, palabra que repetirá dos veces más, en otros momentos. Ese retorno a la ancestral Itaca de Innisfree tiene sus obstáculos que el forastero yankie debe salvar - en forma de rígidas y antiguas costumbres y formas de hacer- si quiere dejar de ser un extraño en la comunidad.


Pero, volvamos a la historia de amor entre sean y Mary Kate, John Wayne y Maureen O'Hara, una pareja con una química cinematográfica impresionante. El amor aparece de inmediato, como una visión, con la aparición bucólica ante Sean de una Mary Kate llevando un rebaño de ovejas por los verdes pastos. A partir de ahí será esencial en el desarrolo de su relación el juego de miradas, la comunicación no verbal entre ambos. Pocas veces he visto en el cine tanta intensidad comunicativa en un intercambio de miradas como cuando Mary Kate y Sean se cruzan por primera vez después de que su hermano Will se negara a concederle a él la mano de ella. Hay en los gestos y miradas una tensión erótica que pasa por encima de convencionalismos y tradiciones, y que se manifiesta, hermosa, en dos secuencias inolvidables: en la primera, Sean entra en la que fue su vieja casa que acaba de comprar a la viuda Tillane, y se la encuentra limpia y con la chimenea encendida. Mary Kate está escondida, y cuando intenta salir Sean la coge bruscamente, la estrecha en sus brazos y la besa. La segunda comienza con la fuga en bicicleta de Sean y Mary Kate, con lo que supone de ruptura de las tradiciones y de excitante transgresión adolescente por parte de los dos enamorados. La escena de amor con que finaliza esta secuencia es de un erotismo revelador. La pareja se refugia de la súbita tormenta en un cementerio anejo a una iglesia. Sean se despoja de la americana para ofrecérsela a Mary Kate. La lluvia empapa su blanca camisa que se adhiere a la piel. Se abrazan y se besan como dos jovencitos que están haciendo algo prohibido en un lugar prohibido. La atmósfera mágica y misteriosa, la naturaleza que se muestra con fuerza (el viento, la lluvia, los relámpagos), la sensualidad de los besos y los abrazos, crean una hermosa sensación de lúdico erotismo.

Y luego están los actores secundarios, esos fantásticos secundarios de la familia fordiana con los que el director se sentía a sus anchas para trabajar seguro. El irlandés Victor McLaglen interpretando a Will Danaher, que es como un ogro que no es del todo malo, con la gracia de los cómicos del cine mudo. El cura católico Lonergan, más interesado en pescar al salmón Arthur y en las conspiraciones amorosas de la comunidad, que en asuntos propiamente religiosos, interpretado por War Bond, un actor visto tantas veces en películas de John Ford. O la rica viuda Tillane, en la piel de Mildred Natwick que estaba especializada en papeles de ricas solteronas. Y por último, Michaeleen Flynn a quien Barry Fitzgerald presta su físico peculiar, un borracho vocacional, además de controlador de apuestas, casamentero, guardián celoso de las ancestrales tradiciones, ... entre otras cosas, irrepetible.

Y está también ese fascinante paisaje irlandés, en colores intensos, luminosos, fotografiados espléndidamente por Winton C. Houch: verdes prados, pastos salpicados de rudas construcciones de piedra y techos de paja, riachuelos de límpidas aguas cruzados por antiquísimos puentes ... una Irlanda teñida de bucólico erotismo.

Y para acabar, ahí va una de rumores y cotilleos. Se dice que en el rodaje de El hombre tranquilo John Ford soñaba con tener en sus brazos a Maureen O'Hara cuando le decía a John Wayne: Bésala con más pasión o Aprétala contra tu pecho con más fuerza. También se decía que el cambio del nombre de la protagonista en el guión original por el de Mary Kate era un homenaje al que fuera uno de los grandes amores frustrados de Ford y fiel amiga suya, Katherine Hepburn.

Como complemento a la (re)visión de El hombre tranquilo no está de más ver Innisfree (1990) de José Luis Guerín, el documental homenaje en el que se recorren los lugares en que se rodó The Quiet Man, se recrean la música y el ambiente de Irlanda y se habla con los sucesores reales de aquellos personajes de ficción.