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miércoles, 2 de febrero de 2011

Let's Get Lost. Carta a Chet Baker.

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Dear Chet


La otra noche tu Almost Blue me hizo llorar
y no te perdono por haberme roto tu pedestal privado.
La otra noche soñé con virutas de humo y onírico cool jazz,
y atardeceres rosas en la playa de Malibú.
Surcábamos avenidas en un Cadillac rosa y hermosas mujeres me acariciaban el pelo.
En Venice Beach tu lánguida trompeta me dejó solo, como tantas veces,
y regresé a la bahía de los sueños
para escucharte en el Fillmore una vez más.
Desperté y te odié, Chet Baker
pero me reí contigo, tío
y flotamos a ras de suelo ...
pero no me diste lástima
tú,
seductor cara de ángel,
corazón de diablo.
Pobre Chet
caos atravesado de puro genio,
cumbre del silencio que precede al sonido.
La humilde trompeta fue su última compañera, su única compañera.

eloy sánchez

Let's Get Lost (Bruce Weber, 1988) en leolo

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jueves, 9 de diciembre de 2010

Alegría por Mónica Bellucci, un poema de Batania.

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Cuántas veces
Madrid,
tardes de esparto y color
sucio, mirlos y lunes
gritando, bares
de piedra y torcedura,
he pensado
dejarte,
borrar el turrón duro
de tus ojos, subir
a mi alfombra
de magia y con una
manzana en la mano
seguirla a
Perugia,
Milán,
París,
Cannes,
Berlín,
seguirla a
Hollywood,
Melbourne,
Tokio,
Moscú,
Nueva York,
dejar de una vez
mi vida de miércoles,
mis sueños de miércoles,
mis noches de miércoles,
y salir en busca
de la mujer
cuyo nombre,
Monica Bellucci,
siempre va solo
en el mismo verso,
la mujer cuyas letras,
Monica Bellucci,
nunca se unen
a otras
en el mismo verso,
la mujer fiesta,
la mujer rojo,
la mujer beso,
la mujer que vive
siempre en domingo,
en domingo barco,
en domingo tigre,
en domingo siempre,
cuántas veces
he pensado dejar
tus bolardos,
Madrid,
dejar tus calles
y paredes manchadas
de blanco,
dejar de una vez
mi dudosa
poesía
y partir en busca
de la suya,
su eterna y segura
y perfecta poe
Monica.
´
´
Batania

jueves, 28 de octubre de 2010

Casablanca y Mogambo, dos poemas de David Jou.

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Casablanca
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La niebla, el marido, el avión: ¡qué triple lejanía nos separa!

¡Otra vez la soledad amarga!
Ella se ha marchado.
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Volver al esmóquing blanco, al club nocturno,
a la mirada fría y al aspecto taciturno:
¿qué más me queda?
Y tratar de ocultar al enamorado
que desde hace tanto tiempo habita en mí
-bien lo saben el whisky y la ginebra.
.
Y seguir,
hacerme fuerte y desdeñoso para resistir
muchos años más, quizás,este exilio de mi patria:
el amor de ella.
.
Oh pianista, volverás,
alguna noche de feliz estrella,
a anunciarme su llegada una vez más?
Será tarde, demasiado tarde:
los maridos se eternizan, las mujeres envejecen
y los enamorados quedamos en un raro mundo aparte
donde el paraíso -qué cruel- es sólo el peso
de recordar París y un beso, sólo un beso.
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´´

Mogambo
-
Seré imparcial como un tigre: las dos me caen bien
-carne de primera-
pero el cuerpo de una de ellas
ha sido más trabajado por la intemperie del placer,
más penetrado por las estacas de la luna,
más endurecido por las lágrimas ocultas,
y se ha vuelto
desdeñosamente felino.
-
La otra, en cambio, todavía se sorprende,
me halaga con su mirada,
como si viera en mí un ídolo primitivo,
irascible y tosco pero valiente y sabio;
cuando la toco, cree que soy de fuego
y quisiera volverse madera para arder.
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Cuando toco a la otra, en cambio,
me confunde con la brisa y los insectos.
¡Hala, pues!:
¿a quién queréis que escoja sino a aquella
que me hace sentir grande como el misterio de la selva?
¿Por qué a la otra, a la más dura que yo?
-
Pero, bien pensado, quizás sí.
Aquélla me arrancaría de mí,
querría llevárseme de Africa
y enterrarme en bienestar y melancolía.
La otra, en cambio, se quedaría:
¡ah, safari en la sabana cada día
y cada noche jugar a devorarnos!
-

Los ojos del halcón maltés. Poemas sobre cine.
David Jou
El Ciervo
Colección El hombre sentado
Barcelona
2002
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miércoles, 21 de julio de 2010

Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke.

Fragmento final de la novela Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke
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John Ford, el director de cine, tenía entonces setenta y seis años, y vivía en su casa de Bel Air, no lejos de Los Angeles. Desde hacía seis años no había rodado ninguna película. La casa es de estilo colonial, y él se sienta, generalmente, en la terraza, y habla con sus viejos amigos. Para los visitantes hay sillones de mimbre colocados en fila, que tienen delante pequeños taburetes para los pies, cubiertos de mantas indias. Cuando la gente se sienta allí y habla empieza pronto a contar alguna historia.
John Ford tenía el pelo blanco y el rostro arrugado, con blancos cañones de barba aquí y allá. Llevaba un parche negro sobre un ojo, y con el otro miraba sombríamente, mientras se manoseaba las arrugas del cuello por debajo de la barbilla. Vestía una chaqueta azul marino y anchos pantalones caqui y calzaba unos zapatos de lona claros, con gruesos tacones de goma. Cuando hablaba, incluso sentado, conservaba las manos en los bolsillos de los pantalones, no hacía ninguna clase de gestos. Tan pronto como había terminado una historia giraba totalmente la cabeza hacia donde estábamos Judith y yo, hasta que podía vernos con su único ojo. Tenía la cabeza grande y el gesto adusto, y no sonreía nunca; junto a él se ponía uno serio aunque hubiera que reirse con sus historias. A veces se levantaba y le echaba a Judith vino tinto de California. Más tarde salió de la casa Mary France, su mujer, que, como él, procedia de la costa oriental, del estado septentrional de Maine; era, como él, hija de inmigrantes irlandeses, y le escuchaba lo mismo que nosotros. Desde la terraza en sombra, se miraba hacia la luz; por todas partes ascendían nubes de tormenta.
-- En el pueblo de mis padres en Irlanda, hay una pequeña tienda -dijo John Ford- donde, de niño, cuando compraba algo, recibía siempre como cambio caramelos, que tenían ya preparados en un cubo. Hace algunas semanas estuve allí otra vez, la primera desde hace más de 50 años, y quise comprar puros en la tienda ¿y qué diréis que pasó? ¡Metieron la mano en un cubo que había bajo la caja y me devolvieron caramelos! --
John Ford repitió muchas cosas sobre América que yo había oido ya en el viaje, de Claire y de otros; sus opiniones no eran nuevas pero contaba historias que las ilustraban y explicaba como habían llegado a formarse esas opiniones. A menudo cuando se se preguntaba sobre algo en general, daba un salto mental y se refería a detalles, sobre todo a personas concretas. Al preguntarle cosas sobre América recordaba siempre personas que había conocido. Nunca formulaba juicios, sólo repetía textualmente lo que habían dicho y lo que le había pasado con ellas. Tampoco nombraba más que a sus amigos.
-- Es insoportable estar enemistado con alguien -dijo John Ford-. De repente el otro pierde su nombre, y se convierte en una simple imagen, su rostro queda envuelto en sombras y se hace impreciso, deforme, y sólo lo podemos mirar fugazmente, de abajo a arriba, como si fuéramos ratones. Cuando tenemos un enemigo, nos repelemos a nosotros mismos. Y sin embargo, siempre hemos tenido enemigos ...
-- ¿Por qué habla siempre en plural? -le preguntó Judith.
-- Los americanos hablamos así, auque sea de nuestros asuntos privados -respondió John Ford-. Quizá se deba a que, para nosotros, todo lo que hacemos forma parte de una acción pública común. Sólo se cuentan historias en 1ª persona cuando uno representa a todos. No utilizamos el yo con tanta solemnidad como vosotros. En vuestro país incluso la vendedoras que venden cosas que no les pertenecen en absoluto, dicen: ¡Se me acaba de terminar! o ¡todavía me queda una camisa de cuello de cosaco!. Me ha pasado a mí mismo, de veras me ha pasado -dijo John Ford. Por otra parte, os imitáis tanto los unos a los otros y os escondéis tanto detrás de los otros que hasta las criadas responden al teléfono con la voz de la señora -dijo-. Decís siempre "yo", y sin embargo, os sentís halagados si os confunden con otro. ¡Y encima pretendéis ser totalmente inconfundibles!. Por eso estáis siempre enfurruñados, y os sentís ofendidos. Cada uno es alguien especial. Aquí en América, nadie se enfurruña y nadie se encierra en sí mismo. No suspiramos por la soledad: uno se vuelve despreciable cuando está sólo, no se ocupa más que de sí mismo y cuando además sólo habla consigo mismo tiene que dejar de hacerlo después de las primeras palabras.
-- ¿Sueña usted a menudo? -preguntó Judith.
-- Casi nunca soñamos ya -dijo John Ford-. Y si lo hacemos se nos olvida. Como hablamos de todo, no nos queda nada para soñar.
-- Háblenos de usted mismo -dijo Judith.
-- Siempre que tenía que hablar de mí mismo, me parecía que era demasiado pronto para ello -respondió John Ford-. Mis experiencias no estaban suficientemente lejanas. Por eso me gusta hablar de lo que otros han vivido antes que yo. También he preferido hacer películas que sucedían en una época anterior a la mía. Rara vez echo de menos lo que he vivido por mí mismo, pero siento gran nostalgia por las cosas que nunca he podido hacer y por los lugares en los que no he estado. (...)
Miró hacia abajo, al valle donde el último sol brillaba todavía a través de las hojas de los naranjos.
-- Cuando veo moverse así las hojas y el sol brilla a su través tengo la sensación de que se mueven de ese modo desde hace una eternidad-dijo- y cuando la experimento me olvido completamente de que existe una Historia.
-- Pero los naranjos son cultivados, no naturales ... -dijo Judith.
-- Cuando el sol brilla a través de ellos, jugando, me olvido de eso -dijo John Ford-. Y también me olvido de mí mismo y de mi presencia. Entonces quisiera que nada cambiase, que las hojas siguieran moviéndose siempre, que no se recogieran las naranjas y que todo continuase tal como es.
-- ¿Le gustaría también que los hombres continuaran viviendo tal como han vivido siempre? -preguntó Judith.
John Ford le lanzó una mirada sombría.
-- Sí -dijo-, eso quisiéramos. Hasta hace un siglo las personas que detentaban el poder se preocupaban del progreso y de su implantación. En los tiempos modernos, hasta hace poco, las ideologías salvadoras salían siempre de quienes tenían el poder: los príncipes, los magnates de la industria, los benefactores ... Sin embargo, los poderosos no son ya benefactores de la Humanidad, todo lo más, se comportan como si lo fueran en casos aislados, y únicamente los pobres, los desposeidos y los impotentes imaginan cosas nuevas. Los únicos que podrían cambiar algo no se preocupan ya, y por eso todo debe seguir siendo como antes. (...)
Una ama de llaves india salió apoyándose en un bastón y le echó una manta por las rodillas.
-- Ha aparecido en algunas de mis películas -dijo John Ford-. Quería convertirse en una verdadera actriz, pero no puede hablar, es muda. De manera que se convirtió en funámbula. Luego se cayó, y entonces volvió a mí. Sobre la maroma se sentía muy bien. Le parecía como si de repente pudiera hablar. Todavía ahora coloca los pies como si anduviese por la cuerda floja. (...)
Nos llevó a su alcoba y nos señaló el montón de los guiones de cine que le seguían mandando.
-- Aquí hay historias hermosas, sencillas y claras. Son historias que hacen falta.
Su mujer estaba en la puerta, detrás de nosotros; él se volvió y ella sonrió. El ama le trajo café en un jarro de hojalata y él bebió levantando la cabeza; de las orejas le salían mechones de pelo blanco, y tenía la otra mano en la cadera. Su mujer se acercó y nos mostró las fotos de la pared: en una se veía a John Ford dirigiendo una película en un sillón de director en forma de equis, con una máscara de apicultor en la cabeza: había algunas personas de pie o sentadas a su lado, también con máscaras encasquetadas, y a sus pies tenía un perro de orejas caidas; en la otra foto acababa de terminar otra película: tenía una rodilla en tierra y sostenía un trípode, y los actores lo rodeaban con la cabeza inclinada hacia él; uno de ellos apoyaba una mano en la cámara, como si la acariciase.
-- Ese fue el día en que se acabó de rodar The Iron Horse -dijo John Ford-. Trabajaba en la pelicula una joven actriz, que lloraba todo el tiempo. Cuando dejaba de llorar le secaban las lágrimas, pero entonces se acordaba de sus penas y comenzaba a llorar otra vez.
Miró por la ventana y seguimos la dirección de su mirada: se veía una colina cubierta de hierba y matorrales en flor, un camino serpenteba en torno a ella hasta su cima.
-- En América no hay caminos, sólo carreteras -dijo John Ford-. Yo he construido ese camino porque me gusta pasear al aire libre.
Sobre la cama había una manta de la Marina y encima de ella, en la pared, colgaba un cuadro de la Madre Bernini, la primera santa de América, sobre la que una vez quiso hacer una pelicula.
Su mujer cogió el acordeón que había en el cuarto y tocó Greensleeves . La india trajo sobre una bandeja rebanadas de pan de maiz calientes, untadas de mantequilla. Comimos y miramos por la ventana.
-- Se nos empiezan a ver ya las orejas de cerdo bajo la piel -dijo John Ford, de pronto-. ¿Me quiere acompañar un rato?
Le ofreció a Judith el brazo y subimos a la colina. El camino estaba cubierto de un polvo claro; caían ya algunas gotas de lluvia, y donde rebotaban el polvo se contraía en pequeñas bolas. John Ford hablaba. Cuando alguno de nosotros se quedaba atrás, se detenía, porque no quería hablarnos desde arriba. Habló de sus películas y repitió una y otra vez que las historias que contaba eran ciertas.
--Nada es inventado-dijo-. Todo ha ocurrido realmente.
Nos sentamos en la cima de la colina sobre la hierba, y miramos al valle, allí abajo. Encendió su puro con una larga cerilla de cocina.
-- Me gustaría estar siempre con alguien -dijo John Ford-, y me gustaría también marcharme siempre el último de una reunión, porque no quiero que ninguno de los que se quedan me critique y quiero impedir también que se critique a los que se marchan. Así he rodado también mis películas.
Sobre la colina que había enfrente, relampagueaba ya. La hierba a nuestro alrededor estaba crecida y el viento la recorría a veces con sombras claras y oscuras. Las hojas de los árboles se volvieron, y centellearon como marchitas. Durante un rato no sopló el viento. Luego susurró detrás de nosotros un arbusto mientras todos los demás permanecían inmóviles. Todo se aquietó entonces, no hubo ningún movimiento, era una calma larga y duradera, y de repente a nuestros pies, murmuró otra vez la hierba. Guiñábamos los ojos, y a nuestro alrededor había oscurecido, y los objetos estaban muy cerca de suelo. El aire se hizo denso. Delante de nosotros estalló una gruesa araña amarilla, que hacía un segundo estaba sobre la hoja de un matorral. John Ford se limpió los dedos en la hierba, y al hacerlo dió la vuelta a un anillo de sello, como si quisiera realizar algún encantamiento. En el dorso de la mano sentí un cosquilleo. Miré, y vi una mariposa que cerraba alas; al mismo tiempo Judith bajó las pestañas. Solo había que perder una respiración para verlo. En los naranjos del valle se oía ya la lluvia.
-- En las últimas semanas hemos viajado de noche por el desierto -dijo John Ford-, allí abajo, en Arizona. Caía tanto rocío que había que usar los limpiaparabrisas.
Down in Arizona , al oir esas palabras empecé a acordarme. John Ford se sentaba allí, encogido sobre sí mismo y con los ojos casi cerrados. Como esperábamos una historia, nos inclinamos hacia adelante ligeramente, y me dí cuenta de que al hacerlo repetía el ademán con que en sus películas alguien, sin moverse del sitio, inclinaba su largo cuello sobre un moribundo, para ver si aún vivía.
--Contadme ahora vuestra historia -dijo John Ford.
Y Judith contó cómo habíamos venido a América, cómo me había perseguido, cómo me había desvalijado y había querido matarme, y cómo, por fin, estábamos dispuestos a separarnos pacíficamente.
Cuando habíamos acabado de contar nuestra historia, John Ford se rió silenciosamente, con todo el rostro.
-- Ach Gott!! -dijo.
Se puso serio y se volvió hacia Judith.
-- ¿Y todo eso es verdad? -preguntó- ¿Nada de esa historia es inventado?
-- No -dijo Judith-. Todo ha ocurrido.
FIN
Escrito en el verano y el otoño de 1971
Peter Handke "Carta breve para un largo adiós"
Madrid, Alianza Editorial, 1985

sábado, 26 de diciembre de 2009

Ojos negros.




¡¡¡Sabachka!!!

gritó Marcello enamorado

cabalgando un carromato que cruzaba

la frondosa estepa rusa.



Buscaba una quimera, un azar, un desencanto,

algo tan espúreo, tan ufano

como una fábrica de cristal en la profunda Rusia.



Chejov movió una ceja

y eclipsó la primavera prusiana

de aquel mítico balneario

en el que la dama blanca,

azorada hasta los huesos,

conoció la alegría soberbia -entre Fellini y Visconti-

de las carreras de sillas,

el chocolate caliente de los sábados soleados

y el enérgico calor de las turgentes piscinas

bañadas de nenúfares y aromas.



Pero el tiempo,

enemigo de lo nuestro, y de lo suyo,

les equivocó el paso.



La dama del perrito

abandonó el blanco impoluto

y dedicó el resto de sus vidas

a la apática reunión de los domingos.



Marcello, el indeciso consorte,

regresó al redil de los oscuros

burgueses de misa diaria y atril

para las buenas obras.



Todos los caminos les devolvieron sus huellas

y don Anton (Chejov) -tan demiurgo-

iluminó sus aburridas vidas con el candil de un recuerdo.



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Mujeres.

Me estremeció la mujer que empinaba a sus hijos
hacia la estrella de aquella otra madre mayor
y como los recogía del polvo teñido
para enterrarlos debajo de su corazón.
Me estremeció la mujer del poeta, el caudillo
siempre a la sombra y llenando un espacio vital.
Me estremeció la mujer que incendiaba los trillos
de la melena invencible de aquel alemán.
Me estremeció la muchacha hija de aquel feroz continente
que se marchó de su casa para otra, de toda la gente.
Me han estremecido un montón de mujeres
mujeres de fuego, mujeres de nieve.
Pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido
lo que a mi más me ha estremecido
son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos.
Me estremeció la mujer que parió once hijos
en el tiempo de la harina y un kilo de pan
y los miró endurecerse mascando carijos.
Me estremeció porque era mi abuela, además.
Me estremecieron mujeres que la historia anotó entre laureles
y otras desconocidas, gigantes que no hay libro que las aguante.
Me han estremecido un montón de mujeres
mujeres de fuego, mujeres de nieve.
Pero lo que me ha estremecido
hasta perder casi el sentido
lo que a mi más me ha estremecido
son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos.
Silvio Rodríguez


miércoles, 10 de junio de 2009

Carta a la falsa cicatriz del falso labio leporino del muy cierto Joaquin Phoenix.

Dormiría entre esos dos pliegues carnosos.


Quiero que me jibaricen y que me coloquen justo allí mismo, al tropiezo con tu boca.


En esa falsa cicatriz que se formó contigo, como tus ojos inquietantes y tu devaneo al andar.


Que yo sepa nadie ha compuesto una oda a este hoyuelo alargado que juega al despiste.


Creo que yo tampoco me siento capaz. Demasiada belleza para mi edad.


Pero si que la quiero rodear, siempre que el monumento se pueda visitar.


Quiero echarle monedas,


como si fuera el fondo marino de la Fontana Di Trevi.


Mejor aún.


Quiero introducirle fichas de casino hasta conseguir un trío de cerezas ganadoras


(o un trío de morritos de Liv Tyler)


y que me den el premio gordo:


Vale para un verano de acampada en este valle.


Entiendo que debía haberme presentado antes:


Deslizo suavemente mi índice por la ruta 66.


Ya sabes con quien tratas:


De momento soy una sin papeles.


Pero si te he gustado un poco, cierra los ojos y no me veas sortear la frontera.


Te espero camino abajo.


Clara Santafé

lunes, 18 de mayo de 2009

Chau poeta.



Se nos fue Benedetti, en su casa y sin molestar a nadie, y es como si se nos muriera un amigo, de esos que viven lejos pero nos guardan un abrazo oportuno.
Nos sirven sus versos, nos sirve su manera de vivir la vida a raudales, nos servirán siempre, sus tácticas y sus estrategias.
Chau poeta, chau amigo.



ME SIRVE Y NO ME SIRVE

Me sirve y no me sirve
La esperanza tan dulce,
tan pulida, tan triste,
la promesa tan leve,
no me sirve.
No me sirve tan mansa
la esperanza


La rabia tan sumisa,
tan débil, tan humilde,
el furor tan prudente
no me sirve.
No me sirve tan sabia
tanta rabia.


El grito tan exacto
si el tiempo lo permite,
alarido tan pulcro
no me sirve.
No me sirve tan bueno
Tanto trueno

El coraje tan dócil
la bravura tan chirle,
la intrepidez tan lenta
no me sirve.
No me sirve tan fría
la osadía.

Si me sirve la vida
que es vida hasta morirse,
y el corazón alerta sí me sirve.
Me sirve cuando avanza
la confianza.

Me sirve tu mirada
que es generosa y firme,
y tu silencio franco
sí me sirve.
Me sirve la medida
de tu vida.

Me sirve tu futuro
que es un presente libre,
y tu lucha de siempre
sí me sirve.
Me sirve tu batalla
sin medalla.

Me sirve la modestia
de tu orgullo posible,
y tu mano segura
sí me sirve.
Me sirve tu sendero,
compañero.

MARIO BENEDETTI

miércoles, 22 de abril de 2009

Pedro Guerra canta ... el marido de la peluquera.

LETRA DE LA CANCION EL MARIDO DE LA PELUQUERA (Pedro Guerra)

De niño bailaba canciones del moro,

el baile venía de adentro y así se inventaban los modos.

De niño soñaba olores profundos,

las mezclas de espuma, colonia y sudor de unos pechos desnudos.

Creció con su sueño y un día le dijo:

Acabo de verte y ya sé que nací pa' casarme contigo.

Matilde mi vida, Matilde mi estrella,

le dijo que sí, nos casamos Antoine, y bailó para ella.

Y abrázame fuerte que no pueda respirar,

tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más.

Cariño y ternura, colonias y besos,

te tengo, me tienes, quisiera morirme agarrado a tus pechos.

El amor es tan grande, tan sincero y sentido,

que un día de lluvia Matilde acabó por tirarse en el río.

Y abrázame fuerte que no pueda respirar,

tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo nunca más.

Mejor buenos recuerdos que un pasado perdido,

por eso un buen día Matilde acabó por tirarse en el río.

Lo que fue tan hermoso que no caiga al olvido,

te estaré recordando por siempre Matilde que tú no te has ido.

Y abrázame fuerte que no pueda respirar,

tengo miedo de que un día ya no quiera bailar conmigo.

Abrázame fuerte que no pueda respirar,

tengo miedo de que un día

ya no quiera bailar conmigo nunca más.

domingo, 29 de marzo de 2009

Problemas de doblaje.



Problemas de doblaje

En la toma perfecta,
cuando el guión es bueno
y los actores fingen dignamente ser héroes,
el tiempo marca estrías, va apagando
uno a uno los focos y la banda
sonora se interrumpe.
Sensación de pantalla desgarrada
la insuficiencia siempre de vivir.
Qué frágil la película
que intentamos rodar en esas horas
para sesión privada y clandestina
en la pantalla interna de los párpados.
Un insípido tono pudoroso
de noche americana
en las irisaciones del deseo,
ni siquiera el siena matizado
del pasado indoloro nos acude.
Sueño de gabardinas
por calles satinadas de humedad,
labios muy densos, casi
negros desde la sala. Juventud,
cinta de celuloide erosionado,
un guión mediocre,
problemas de doblaje.

Aurora Luque

jueves, 5 de marzo de 2009

Como Marlon Brando en París.

Como Marlon Brando en París
cuando aquel tango, último,
me desgajo en un punto, perdido,
y lloro en tus pechos oscuros
y rebano silencios que envuelvo
en brillantes papeles de regalo.

Como Marlon Brando en un tango,
aquel, último en París, yo soy
lo que no debiera ser y soy,
aquí abajo y sin dejar entrar
vientos, alas, ojos, tuyos,
los días azulados de este invierno.

Como Marlon Brando, el último
que bailó en París aquel tango,
yo no quería nombres ni palabras,
y buscaba ciego un cuerpo a amar.
Me quedé así, inane y fugitivo,
y quise que vinieras, no muy tarde,
cuando dejó de sonar aquel
último tango, en París, y yo
no era Marlon Brando, y tú,
no estabas, en París,
tu París,
último,
tango.

ELOY

viernes, 7 de noviembre de 2008

50 años de Bossa Nova.



Olha que coisa mais linda
Mais cheia de graça
É ela menina
Que vem e que passa
Num doce balanço
A caminho do mar
Moça do corpo dourado
Do sol de Ipanema
O seu balançado é mais que um poema
É a coisa mais linda que eu já vi passar
Ah, por que estou tão sozinho?
Ah, por que tudo é tão triste?
Ah, a beleza que existe
A beleza que não é só minha
Que também passa sozinha
Ah, se ela soubesse
Que quando ela passa
O mundo inteirinho se enche de graça
E fica mais lindo
Por causa do amor
VINICIUS DE MORAES / TOM JOBIM

martes, 4 de noviembre de 2008

"Desafinado", una canción- manifiesto de la Bossa Nova.


Se você disser que eu desafino, amor
Saiba que isto en mim provoca imensa dor
Só priviligiados têm ouvido igual au seu
Eu possuo apenas o due Deus me deu
Se você insiste em classificar
Meu comportamento de antimusical
Eu, mesmo mentindo, devo argumentar
Que isto é bossa nova, que isto é muito natural
O que você nao sabe, nem sequer pressente
E que os desafinados também têm un coraçao
Fotografei você na minha rolleyflex
Revelou-se a sua enorme ingratidao
Só nao poderá falar assim do meu amor
Ele é o maior que você pode encontrar
Você, com a sua música, esqueceu o principal
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
No peito dos desafinados
Também bate un coraçao
TOM JOBIM / NEWTON MENDONÇA

miércoles, 1 de octubre de 2008

Felicidades.


1 el arcano geométrico de tus labios
2 ese diente que equivocó el paso
3 cuando regresas a la niñez y me esperas
4 el agua, amiga, y tu piel
5 condenados al delirio irremediable
6 me mandaste una flor en un libro
7 y un pedazo de aquella noche que ya no existe
8 llegas en el instante final de la lluvia y mojas mis lágrimas
9 tu mirada obscena en la hora incierta
10 ser luminosamente tuyo y oscuramente mío
11 naufragar en los detalles de tu mirada
12 en oscuros hangares habitados por la luna
13 esa forma tan infantil de decir que no
14 tu belleza y tu pobreza llenando el otoño de regalos
15 fotografiar, buscar el misterio, ir más allá de la piel
16 alta, pura, irreductible, clara, abierta,
17 bebiendo toda la lluvia que nunca conociste
18 tú, entre las sábanas, es verano, ven y dime
19 y sueñas sueños inciertos, noches de lunas
20 con la punta de los dedos pulsas el mundo
21 y vagas insomne en tu cielo estrellado
22 serpenteo tus contornos alabando tus límites
23 siempre existiendo, en delirio, de noche, con fuego
24 ojos que ríen con las flores, aristas como labios
25 crecerás como una nube blanca
26 siempre sabiendo sanar, sabiendo sanar
27 simulacro guerrero que enciendes y apagas
28 mi cuerpo en tu cuerpo, manantial de noche
29 cuando tus labios curvaban la ironía del deseo
30 todo el sol en tus tallos es poco
31 el dolor, el nudo, volver a ser, crecer
32 lo que me gusta de tí, lo que no me gusta
33 todas las ramas que amasijan tus preguntas
34 el incienso quemado a las cuatro de la tarde
35 la honestidad con que te ofreces toda
36 a las 3, a las 7 y a las 12 con sueño
37 juntando anillos, balas, poemas, testigos
38 la fuerza con que te manifiestas
39 tu boca (otra vez), el dedo, ciertas cosas que sólo sé
40 me gustan como zapatos altos y el color negro
41 y ahora al llegar aquí, tan plena, tan guapa
42 en este otoño tan arrebatadoramente tuyo
43 sacrifico la pena que oscurece al hombre amable
44 y te ofrezco las noches, las lunas, las flores
45 al llegar aquí, arriba, tan alta

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Banda aparte (Jean-Luc Godard, 1964)





Volvamos a París,
con Odile, Franz y Arthur
pisaremos de nuevo las calles de adoquines
bajo cielos de cristal,
atravesaremos puentes suspendidos
sobre ríos impasibles.

Y Godard cambiará nuestras vidas
con un travelling inmoral.

Banda aparte. La vida es un juego.
Bailando como peonzas en el café,
cruzando el Louvre en 9 minutos 52 segundos,
y el jersey de rombos de Franz,
y Odile, fascinante, Anna.

Nouvelle Vague, une femme, deux hommes
juegan y no saben
si el mundo era un sueño
o el sueño era ese mundo
...
...

Odile
Franz
Arthur

...
...

et Jules et Jim
et Catherine

...

et Michael
et Patricia Franchini
.
.
.
al final de la escapada
.
.

siempre está el mar


martes, 2 de septiembre de 2008

Poemas de cine




La niebla, el marido, el avión: ¡qué triple lejanía nos separa!
¡Otra vez la soledad, amarga!
Ella se ha marchado.

Volver al esmoquin blanco, al club nocturno,
a la mirada fría y al aspecto taciturno:
¿qué más me queda?
Y tratar de ocultar al enamorado
que desde hace tanto tiempo habita en mí
-bien lo saben el whisky y la ginebra.

Y seguir,
hacerme fuerte y desdeñoso para resistir
muchos años más, quizás, este exilio de mi patria:
el amor de ella.

Oh pianista, ¿volverás,
alguna noche de feliz estrella,
a anunciarme su llegada una vez más?
Será tarde, demasiado tarde:
los maridos se eternizan, las mujeres envejecen
y los enamorados quedamos en un raro mundo aparte
donde el paraíso -¡qué cruel!- es sólo el peso
de recordar París y un beso, sólo un beso.

David Jou
Los ojos del halcón maltés
Poemas sobre cine

martes, 26 de agosto de 2008

El lado oscuro del corazón (VI)


Es importante hacerlo

quiero que me relates
tu último optimismo
yo te ofrezco mi última
confianza

aunque sea un trueque
mínimo

debemos cotejarnos
estás sóla
estoy sólo
por algo somos prójimos

la soledad también
puede ser una llama.


Mario Benedetti

El lado oscuro del corazón (V)



Táctica y estrategia

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos

no haya telón
ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.



Mario Benedetti

El lado oscuro del corazón (IV)

Rostro de vos

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.

Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.

Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.

Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.

Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.

Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.

Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.

Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.


(MARIO BENEDETTI)

El lado oscuro del corazón (II)

Llorar a lágrima viva
Llorar a chorros.

Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto.

Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.

Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...si es verdad que los cacuyes y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.

Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría.

Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria

¡Llorar todo el insomnio y todo el día!


Oliverio Girondo