lunes, 6 de julio de 2009

El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953)




La acción se sitúa en un poblacho perdido en algún lugar de Sudamérica llamado Las Piedras. Allí hay poco que hacer, hace mucho calor y todo está bajo el control de la empresa petrolífera norteamericana Southern Oil Company. Durante la primera hora de El salario de el miedo se expone la situación en este lugar donde vegetan los cuatro personajes principales de la función. Es, como dice otro de los vagabundos, una cárcel sin barrotes de la que no pueden escapar al no tener dinero ni trabajo para conseguirlo, y cuya única salida es la carretera -por llamarla de alguna manera- que lleva a los pozos de petróleo.
Mario (Yves Montand) sueña con París, y conserva como un tesoro un billete del metro de Pigalle, mientras pasa el tiempo vagando en el bar y coqueteando con Linda (Vera Clouzot), la criada. El italiano Luigi (Folco Lulli) trabaja de vez en cuando como albañil, y Bimba (Peter van Eyck), de nacionalidad alemana, ejerce de chófer en cuanto sale algún cliente. En una avioneta llega a Las Piedras Jo (Charles Vanel), un viejo gangster francés, que huye de la justicia y queda atrapado en el lugar como los demás.
Una vez expuesta la situación, en la que Clouzot se extiende excesivamente lo que hace que la película supere con creces las dos horas, un suceso hará arrancar la trama propiamente dicha y con ella subirá el interés del film.. Un pozo de petróleo se incendia, hay 13 víctimas y constantes pérdidas económicas para la compañía. Para apagarlo hay que provocar una explosión con nitroglicerina pero los 900 litros necesarios están en Las Piedras. Habrá que transportarla en dos camiones a lo largo de una carretera en muy mal estado. La Southern Oil hace una selección para reclutar a los cuatro desventurados que se jugarán la vida para transportar la peligrosa carga. Es un trabajo bien remunerado, es el salario del miedo. Nuestros cuatro hombres (Mario, Luigi, Bimba y Jo) son finalmente los elegidos e inician la marcha a medianoche. Los conductores se enfrentarán sucesivamente con un firme ondulado que les hace avanzar o muy deprisa o muy despacio para evitar peligrosas vibraciones, con una cerrada curva que les obliga a maniobrar sobre una carcomida plataforma de madera suspendida en el vacío, con una enorme roca caida enmedio de la carretera, y con un enorme socavón inundado de petróleo que hay que cruzar. Todo con el peligro constante de saltar por los aires ante cualquier golpe inesperado.
A Clouzot le interesa sobre todo detallar el comportamiento del individuo ante situaciones límite, cómo evolucionan los personajes durante el trayecto. La aparente indolencia de Mario se transforma en un implacable instinto de supervivencia mientras que la inicial dureza y cinismo de Jo darán paso a una notable cobardía e incapacidad para aboradar las dificultades. La fría indiferencia de Bimba oculta en realidad una fina inteligencia mientras que que el bondadoso y optimista Luigi acabará muriendo con la misma simplicidad con la que ha vivvido.
Destaca en El salario del miedo la brillantez de la puesta en escena de Clouzot y el buen pulso narrativo in crescendo que transmite a la perfección una atmósfera asfixiante, el detallismo con que están captadas todas las dificultades del terreno y las penurias que provocan, todo brillantemente fotografiado en un espléndido blanco y negro obra del operador Armand Thirard.
Los minutos finales son una muestra del talento del director francés. Después de haber entregado la carga y cobrado el dinero como único superviviente de la odisea, Mario emprende el viaje de regreso por el mismo camino hacia Las Piedras. Conduce alocadamente en zig-zag contento por haber salido con vida y por el dinero conseguido. En montaje paralelo en el bar del pueblo los clientes bailan un vals. Entre ellos Linda, enamorada de Mario y feliz por su vuelta, de pronto se desploma desmayada. En el siguiente plano Mario se precipita con su camión por un barranco en una curva cayendo al vacío. El rótulo FIN se superpone al rostro de Mario muerto con el billete de metro de Pigalle en la mano.
El sacrificio de los cuatro hombres sólo ha servido a la compañía petrolera y a nadie le importará que hayan muerto en el intento, puesto que han cumplido la tarea para la que fueron contratados a cambio del salario del miedo.