martes, 23 de marzo de 2010

Las horas del verano (Olivier Assayas, 2008)



Una gran casa de campo, con mucho terreno verde alrededor, pura naturaleza. Dentro contiene una importante colección de objetos de arte y muebles, legado de Paul Berthier, tío de Hélene, la matriarca familiar.
Tres hermanos: Adrienne (Juliette Binoche), diseñadora instalada en New York con su novio americano (Kyle Eastwood, hijo de Clint); Jérémie (Jérémie Renier) el pequeño, ejecutivo en una multinacional, al que acaban de renovar su contrato para trabajar en China y debe trasladarse con su mujer y tres hijos; Frédéric (Charles Berling), el hermano mayor, vive en París, tiene dos hijos adolescentes, y es economista y escritor.


En la casa donde transcurren las horas del verano habita Hélene (Edith Scob) y su asistenta Eloise. Cuando aquella fallece repentinamente, el verano termina, y con él otras cosas desaparecen. La casa donde todos coincidían en el tiempo estival ya no tiene el mismo sentido para los hermanos. Frédéric, cumpliendo la promesa que le hizo a su madre, prefiere conservar el lugar para transmitírselo a los niños. Para él la casa representa lo mejor de su pasado: los veranos de su infancia, el lugar de reunión de toda la familia en el que ha visto crecer a sus hijos y sobrinos, el legado artístico lleno de vida y recuerdos que se apelotona en armarios y mesas. Mientras los otros dos hermanos, son partidarios de vender la casa y las obras de arte pues al residir en New York o Shangai no podrán disfrutarla

De lo que nos habla Assayas es de las complejas relaciones entre hermanos que se quieren y respetan sus distintos pareceres, que comparten un pasado común y unas vivencias, pero que llevan vidas distintas, rumbos distintos, intereses distintos. Nos habla de la desaparición de un mundo y una forma de entender la vida, con la muerte de Hélene; del advenimiento de una nueva concepción, el mundo globalizado, con la significativa pérdida de raices de sus individuos, la generación de los hijos -Adrienne y Jérémie-, pero también la generación de los nietos, para los que la casa familiar es sólo un recuerdo más, satisfechos ellos en su modo de vida consumista, despreocupado y sin valores, aunque al final Sylvie, en un momento de lucidez y nostalgia, reconozca la importancia de lo que se va perder con la venta de la casa.


De la película de Assayas también podemos extraer la idea de que, más allá de hablarnos del desmoronamiento familiar, de lo que nos está advirtiendo, es de la decadencia definitiva de cierto modus vivendi, de una cultura con mucha historia, la europea, que ha dejado de ser la que tira del carro en el universo globalizado en que nos ha tocado en suerte vivir.


Podría parecer que Las horas del verano es un canto elegíaco a la tradición en detrimento de los nuevos tiempos. Pero en la película no hay buenos ni malos, ni siquiera hay enfrentamiento. Los motivos de unos y otros son entendibles. Esa herencia que para Fréderic es una manera de seguir viculado a su pasado, para Adrienne y Jérémie puede ser una carga, o un modo de obtener ingresos para comprar otra casa. Fréderic se resiste a lo irremediable, los vientos de la Historia van en otra dirección.




Se pueden destacar algunos momentos en el discurrir fluido y sereno de estas horas del verano:

  • La elipsis sobre la muerte de Hélene: después de haberse marchado hijos y nietos la casa queda en silencio. En plano medio vemos a Hélene de espaldas subiendo las escaleras que desde el jardín dan acceso a la casa. Hay algo en este plano que presagia su despedida del mundo. Después la vemos sentada en la penumbra. Eloise, la asistenta, le pregunta si necesita algo. Ella contesta que no, sólo está cansada. En la siguiente escena vemos a Fréderic realizando los trámites para el entierro.


  • Fréderic, el único de los personajes que está en contra de desprenderse de la casa, se ve obligado a tratar con los compradores al ser el que vive en Francia. Reunido en casa con sus hermanos y después de tomar la decisión de vender la casa, Fréderic llora en silencio, sentado en la cama de espaldas a la cámara, en la penumbra de una habitación. Su mujer se acerca a la puerta y le pregunta si está llorando. Él le contesta que no.


  • La casa ha sido vendida y está vacía. Eloise se acerca y desde fuera por las ventanas observa las dependencias sin vida. La cámara le sigue desde dentro. La casa familiar pasa de ser un lugar cargado de memoria a un simple espacio vacío. Los objetos han ido a parar al museo y han sido desprovistos de su relación con su lugar y su tiempo concretos -p.e. los jarrones art decó que dieron vida a las flores de la casa-.

Es una película de apariencia sencilla, de pausada y transparente narrativa, sin ningún afán de trascendencia, pero que si la dejamos reposar, vuelve a nosotros haciéndonos muchas preguntas, dejándonos muchos cabos de los que tirar, y reflexionar e interrogarnos a nosotros mismos y a la sociedad en la que vivimos. A pesar de ser un film "muy francés" esas reflexiones se pueden extrapolar perfectamente a nuestras vidas, a nuestro entorno.



Las horas del verano se abre y se cierra con dos secuencias en los exteriores de la gran casa. En la bella escena de inicio los niños de diferentes edades juegan por entre los bosques y jardines. En la mesa del jardín hijos y nietos se reunen en el 75 aniversario de la abuela. Entre la comida y las entregas de regalos vamos conociendo a los personajes. En la secuencia final, con la casa de campo ya vendida y vacía de muebles, ésta se convierte en escenario de una concurrida fiesta organizada por Sylvie, la hija mayor de Fréderic. Si en la secuencia de apertura la planificación es pausada, con la cámara "paseando" por los lugares y los rostros, en esta secuencia final una "nerviosa" cámara en mano recoge la diversión de los jóvenes, fumando y bebiendo, sus bailes, su música a todo volumen.
Al final de la película Sylvie y su novio se alejan de la casa y allí en plena naturaleza ella siente una pizca de nostalgia cuando los recuerdos de infancia le vienen a llamar. Assayas afirma en una entrevista que la esperanza en la juventud expresada a través de Sylvie, tiene que ver con la idea de que lo esencial, que es lo inmaterial e invisible, ha sido transmitido, y sobrevivirá a través de las nuevas generaciones. Toda la película tiende a ese momento de revelación.